Cuando no saben qué hacer
Por donde empezar es medio complicado de definir.
Partamos de un diagnóstico médico: anginas. Sigo con las indicaciones, helado. Lo complemento con la inocencia de mis padres, me lo dan en cantidades inmensas y para saciar las ganas de cualquier infante. Termino en las manos de un nuevo profesional, lamentándose la hora en la que decidieron darle el título al médico anterior.
No es una sensación agradable caer en la cuenta de la enorme cantidad de gente que hace algo para lo cual nunca nació. Yo no digo que estemos predestinados, cada uno forma su destino según lo que siempre pensé. Pero hay una realidad, y es que más de una persona nunca llega a conocer que es lo que realmente le gustaría realizar como profesión, como la actividad cotidiana por la cual vas a ganar un sueldo y vas a poder vivir.
Y me molesta esa sensación que tengo hace un largo tiempo porque no quiero terminar así, nada más que por eso. Además se suma la presión de mi viejo, que bajo ningún punto de vista va a permitir que me quede sin un título, aunque esto sea a costa de desperdiciar una inmensidad de tiempo de lo que llaman vida en trabajar como loco en algo que detestas.
No puedo más de dudas, es inevitable. Veo cada vez más gente con menos ganas de ir a trabajar, sin ningún tipo de incentivo. El peor ejemplo son los docentes: muchos soportan todo (salarios, autoridades superiores, horarios extensos, malas condiciones) para poder enseñar y así cumplir una parte demasiado importante en la vida de cualquier persona, muchos otros se limitan a poner cara mala y ni siquiera intentar llamar la atención de los números a los cuales tienen por alumnado. No los culpo, probablemente no sea lo que más les guste hacer en el mundo, pero espero que antes de explotar tomen conciencia de lo poco colaboradores que están siendo con ese chico.
Listo, terminé. Sepan disculpar mis molestias.
Noelia Grasso

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